Era abril, y como de costumbre caminábamos por el Parque de
los Patricios. Las hojas de la plaza se oían crujir debajo de la suela de las
zapatillas. Ese día parecía especial, habíamos salido bien temprano para poder
disfrutar de los escasos y primeros rayos de sol que nos proporcionaba el
otoño.
Los días que podíamos escaparnos de nuestros estudios eran los que mas disfrutábamos. Amábamos hacer cosas juntos, como ir al supermercado, al cine o salir a pasear por pasear.
Volviendo a esa mañana, todo parecía calmo y tranquilo, casi perfecto.
Los días que podíamos escaparnos de nuestros estudios eran los que mas disfrutábamos. Amábamos hacer cosas juntos, como ir al supermercado, al cine o salir a pasear por pasear.
Volviendo a esa mañana, todo parecía calmo y tranquilo, casi perfecto.
No había chicos jugando en la plaza ni se podían ver aquellos ancianos
que usualmente disfrutaban de algún partido de bochas o ajedrez. Las
calles parecían desabitadas, todo el lugar parecía hecho para nosotros.
Prontamente
aquellos pequeños y suaves rayos de sol fueron desvaneciéndose y en su lugar
aparecieron unas odiosas nubles negras. No bastó ni una mirada, ni un gesto, ni
un comentario fuera de lugar para entender lo que quería cada uno. Junto con el
sol se fue aquel clima agradable y fue entonces que emprendimos el regreso a
casa.
Éste, era un hogar muy
viejo que pertenecía a mi abuela, y que mis parientes habían decidido que su
heredero sea este humilde narrador. La casa era, por cierto, mucho más grande
de lo que necesitábamos para vivir y siempre estuvimos muy cómodos.
Recuerdo tu cara el día en que te dije de ir a vivir a la casa de Cortejarena. Nos emocionamos mucho y no parábamos de decir que nunca nos íbamos a separar, pase lo que pase. Hoy medito en esas palabras y comprendo que hay cosas que no dependen sólo de nosotros. Pero no quiero, por lo menos en este momento, decir lo que sentí sino lo que viví.
Recuerdo tu cara el día en que te dije de ir a vivir a la casa de Cortejarena. Nos emocionamos mucho y no parábamos de decir que nunca nos íbamos a separar, pase lo que pase. Hoy medito en esas palabras y comprendo que hay cosas que no dependen sólo de nosotros. Pero no quiero, por lo menos en este momento, decir lo que sentí sino lo que viví.
Como decía, era Abril y las cosas parecían habituales. Eran las
cinco en punto cuando tu madre golpeó la puerta de calle. Luego de un fuerte y
cariñoso saludo, tu madre comenzó a tartamudear y a ponerse cada vez más
nerviosa. Le ofrecí una tasa de té para que nos pueda contar mejor qué era lo
que la había puesto en ese estado. Ella aceptó mi té y no me quedó otra opción que
ir a prepararlo.
Como dije antes, nuestra casa era muy grande pero la cocina
quedaba a pocos metros del living donde estaban ustedes, así que puse atención
y pude oír lo que murmuraban.
- “Dicen que habrá una guerra”.Dijo Nilda.
- “Dicen que habrá una guerra”.Dijo Nilda.
Después de eso, no quise oír más. Me quedé totalmente paralizado y
torpemente tiré el tarro de vidrio de azúcar. Cuando fui a agacharme, un
segundo después, el golpe de la puerta despertó, otra vez y con
mayor intensidad
,
mi sensación de pánico. Me faltaba el aire y un sudor frío corría por mi frente. Sabía que era él, era el destino y no podía evitarlo, estaba marcado.
,
mi sensación de pánico. Me faltaba el aire y un sudor frío corría por mi frente. Sabía que era él, era el destino y no podía evitarlo, estaba marcado.
Nunca más volví a caminar por Parque Patricios, nunca
más mordí con mis suelas las hojas de otoño, nunca más volví a oler
tu mejilla ni a sentir tú perfume. Lo último que recuerdo haber hecho es abrir
esa gran puerta de madera.
Muy lindo cuento!!
ResponderEliminar